La creciente tensión en el Mar de China Meridional

La creciente tensión en el Mar de China Meridional

El Mar de China Meridional se ha convertido en uno de los epicentros geopolíticos más disputados del mundo. Por sus aguas transita una tercera parte del comercio marítimo global, hay valiosos caladeros de pesca y potenciales reservas de hidrocarburos, además de cables submarinos esenciales para la economía digital. En este tablero concurren reclamos superpuestos, historia y derecho internacional, tecnología militar y poder económico. La combinación de intereses estratégicos y nacionalismos hace que pequeños incidentes, a menudo entre guardacostas o pescadores, puedan escalar y poner a prueba el equilibrio regional.

Las raíces de las disputas

China, Taiwán, Vietnam, Filipinas, Malasia y Brunéi presentan reclamaciones parciales o totales sobre islas y arrecifes en los archipiélagos Spratly y Paracel, así como sobre zonas económicas exclusivas (ZEE) y plataformas continentales. Pekín sustenta gran parte de su postura en mapas históricos y en la llamada “línea de nueve trazos”, mientras otros países se apoyan en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS). La construcción de islas artificiales y su posterior militarización han modificado el entorno físico y los cálculos de disuasión.

La “línea de nueve trazos” y el derecho internacional

En 2016, un tribunal arbitral en La Haya, en el caso iniciado por Filipinas, concluyó que no existen bases legales para extensas reclamaciones históricas que excedan lo previsto por UNCLOS, y que ciertas formaciones no pueden generar amplias zonas marítimas. China rechazó el fallo, manteniendo su posición. Esta divergencia jurídica alimenta la fricción cotidiana: patrullas, interdicciones, uso de cañones de agua, maniobras de proximidad y operaciones de la llamada milicia marítima, que operan en una zona gris por debajo del umbral del conflicto abierto.

Efectos en las relaciones regionales

Las dinámicas bilaterales oscilan entre el acercamiento pragmático y la tensión. Con Vietnam, China ha vivido episodios de choque, como el despliegue de la plataforma Haiyang Shiyou 981 en 2014, que desató protestas y choques entre buques. Con Filipinas, el péndulo ha ido de la distensión táctica a la firmeza: de intentos de acomodo bajo la administración Duterte a un refuerzo de la cooperación defensiva con Estados Unidos en tiempos recientes. Malasia y Brunéi prefieren la discreción, mientras Indonesia, aunque no parte del litigio principal, defiende con vigor su ZEE alrededor de Natuna.

La diplomacia ASEAN y el Código de Conducta

La ASEAN busca un Código de Conducta con China para gestionar incidentes y reglas de comportamiento en el mar. Sin embargo, las divergencias internas —intereses económicos, dependencia comercial y distintas percepciones de amenaza— ralentizan el avance. Mientras, continúan las tácticas de presión: despliegues de guardacostas, formación de enjambres de pesqueros, vigilancia con drones y empleo de boyas o barreras flotantes. La diplomacia, aunque indispensable, navega entre incentivos económicos y la necesidad de preservar márgenes de soberanía y seguridad.

La respuesta de Estados Unidos y otras potencias

Estados Unidos realiza operaciones de libertad de navegación (FONOPs) para desafiar reivindicaciones consideradas excesivas y subraya la primacía del derecho internacional y la libre circulación. Reafirma alianzas, como el tratado de defensa mutua con Filipinas, expande el acceso a instalaciones bajo acuerdos como EDCA y coordina patrullas conjuntas con socios. Washington busca disuadir coerciones sin escalar a un conflicto, equilibrando presencia militar, asistencia en capacidades marítimas y diálogo de gestión de crisis.

Japón, Australia, India y Europa

Japón brinda buques patrulleros y entrenamiento a guardacostas del sudeste asiático, además de reforzar la interoperabilidad con socios. Australia combina diplomacia y ejercicios, en paralelo a la agenda tecnológica de AUKUS. India, desde su política “Act East”, incrementa ejercicios navales y cooperación en dominios marítimos. Actores europeos —Francia, Reino Unido, Alemania y la Unión Europea— realizan singladuras puntuales y emiten declaraciones sobre el orden basado en reglas, aportando legitimidad política, aunque con capacidades limitadas respecto al peso de actores regionales.

El cálculo de riesgos y la escalada

El mayor peligro radica en incidentes no controlados: colisiones, bloqueos de reabastecimiento o errores de comunicación que, en un entorno altamente nacionalizado, pueden precipitar medidas de fuerza. La transparencia de reglas de enfrentamiento, líneas directas de desescalada y protocolos entre guardacostas y marinas pueden marcar la diferencia. A ello se suma la guerra de información y la competencia tecnológica —radares, satélites, vigilancia con IA—, que incrementan la velocidad del ciclo de crisis y exigen respuestas prudentes.

Economía, tecnología y medio ambiente

La disputa también es económica: exploración de gas, como en Reed Bank, y proyectos energéticos que afectan la seguridad de suministro de países ribereños. Los cables submarinos y la futura infraestructura digital elevan el valor estratégico de los fondos marinos. El dragado y la construcción de islas han dañado arrecifes coralinos con impactos duraderos sobre biodiversidad y pesca, claves para la seguridad alimentaria regional. Gestionar la competencia sin devastar el entorno es un desafío urgente que requiere ciencia, vigilancia conjunta y voluntad política.

¿Hacia dónde va la región?

En el horizonte coexisten tres vectores: un eventual Código de Conducta eficaz y verificable; la consolidación de minilaterales que refuercen capacidades (patrullas coordinadas, intercambio de inteligencia, dominios cibernéticos); y una disuasión estable que reduzca incentivos a la coerción. El equilibrio dependerá de la credibilidad de compromisos externos, la cohesión de la ASEAN y la habilidad de los actores para separar áreas de rivalidad de las de cooperación, como la seguridad de rutas, la búsqueda y rescate, o la protección medioambiental.

La región necesitará una mezcla de firmeza y pragmatismo: hacer valer el derecho del mar, fortalecer los canales de comunicación y tejer cooperación funcional que reduzca el riesgo de errores. Un espacio marítimo tan vital no puede quedar rehén de incidentes evitables. La moderación operativa, la transparencia y la construcción de confianza, por pequeñas que sean, pueden contener la fricción y abrir espacios a acuerdos prácticos; en última instancia, son los intereses compartidos en estabilidad y prosperidad los que deben trazar el rumbo.

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